LA TELERA DE LA ENVIDIA

 

 

La carrera por la superioridad en la escuela de la vida

 

Una motocicleta ruge por las calles de una colonia popular, el piloto resguardado en un casco de mica oscura conduce llevando una caja de cartón en la parrilla y mediante un altavoz anuncia a todo volumen: “Llegaron las teleras, las teleras crujientes y doraditas, para que le haga su torta al chamaco y sea la envidia de sus compañeros en la escuela, teleras, teleras…” Un remolino de viento se lleva la imagen y el sonido de la motocicleta; detrás los perros corren tal vez olfateando tan afamadas teleras. El sistema de marketing me llama la atención y quedo atrapado en la idea de que una torta puede ser motivo de  envidia en la escuela. Me pregunto qué tanto conocen a los padres de familia, aquellos que idearon el eslogan. Algún grado de observador debe tener aquel que deduce una campaña publicitaria o un humilde pregón incitando a provocar la envidia. Remitiéndonos a las escuelas no es difícil encontrar ejemplos varios de confrontación por ver quién obtiene los mayores honores, las más altas calificaciones, el mejor trato de los profesores, las preferencias en todo. Es un principio proveniente de la economía que la competencia promueve la calidad, que la carrera por la superioridad hace mejorar al mediocre, que la comparación es la mejor ruta para exaltar a los mejores. Todo lo anterior tiene algún sentido pero generalmente se exageran las virtudes de la competencia o al menos eso parece al atribuirle a una simple telera la cualidad de suscitar la envida. Por supuesto que no ocurre así, y si eso ocurriera ya estaríamos ante la crueldad de mofarnos del hambre de los desamparados.

 

La envidia como motor para el emprendimiento puede ser considerada menos grave si mueve a la acción por destacar encima de los demás. Codicia y envidia pueden ser confundidos con ánimo de superación si se trata de embarcarse en empresas para la acumulación de capital, prestigio o cualquier otro tipo de dividendos. La cuestión es que al modelo educativo vigente y propio del pensamiento calculador neoliberal, se han metido los afanes de lograr el éxito individual por sobre todas las cosas. Los maestros se ven obligados a hacer una mezcla rara de contenidos que aluden lo mismo a la acumulación de conocimientos prácticos para el desempeño laboral que a la adquisición de valores que en un sentido estricto no cuadran con la deshumanización predominante y típica de lo que se considera  desarrollo tecnológico, económico y social. El resultado es que se trata de cumplir los requerimientos oficiales y las expectativas de los padres de familia influidos por el criterio de que si a su hijo le va bien lo demás es  lo de menos; al final de cuentas predomina un enfoque práctico-utilitarista que bajita la mano hace mutis o incluso aplaude las actitudes competitivas e individualistas. Así que, el amigo de la moto cargada de teleras puede estar acertado si pretende vender más producto relacionando una vulgar torta con un sentimiento de envidia, válido para demostrar quién es quién a la hora del recreo.

 

Decía el historiador francés Marc Bloch que el hombre se parece más a su época que a su padre porque en él se proyectan las modas y los modos vigentes en el tiempo en que le tocó vivir. Desde este enfoque es natural que en la escuela predominen los valores exaltados socialmente desde la llamada infraestructura o base económica. Ante la avalancha de comercialismo, consumismo y dominio de lo económico sobre todo lo demás, es común que se practique el doble discurso de los dichos en contraste con los hechos. De poco sirve preguntarse cómo llegamos a tal punto tratando de encontrar todas las respuestas en la escuela. Tampoco sirve de mucho tratar de comprender el problema como una consecuencia inevitable de la influencia externa a la escuela. El docente se encuentra de ese modo ante el dilema de seguirle la corriente a los que dictan las normas de su trabajo, hacer como que actúa apoyado en fuertes convicciones de transformación o bien replantearse con frecuencia su quehacer desde lo objetivo y la interpretación subjetiva del mundo y de la vida. La búsqueda de la congruencia no es nada sencilla porque constantemente el medio contradice lo que se enuncia, retroalimenta los roles establecidos a la vez que premia o castiga según procedimientos y afinidades.

 

Angustiados por un futuro incierto para sus hijos en el centro de un sistema educativo que nada garantiza para el buen vivir, los padres de familia no aciertan a otra cosa que encauzar a sus hijos en una carrera por la superioridad o bien la aceptación resignada de un destino gris. Cómo se llegó al grado de proteccionismo y de fomento del egocentrismo creyendo que son las formas idóneas para la felicidad de los hijos. Qué sucedió con la educación moderna que al centrarse en los conocimientos y las habilidades dejó de  lado la formación valoral para el acompañamiento, la solidaridad, el amor a la vida y a la integridad de las personas, el desarrollo pleno de las facultades humanas. Lo cierto es que estamos pasando por el tiempo de las obsesiones personalistas, el “sálvese quien pueda”, el disfrute del fracaso ajeno y la incapacidad de aprender del fracaso propio. La frustración se pasea por las escuelas para los que se ven impedidos a alcanzar los logros de los aventajados, las circunstancias disparejas dan el toque de inmoralidad a los éxitos de quienes triunfan con menoscabo de la mayoría. Y no es que sea negativo el afán de superación siempre y cuando sea primero para cotejarnos consigo mismos y no para provocar en los demás sentimientos de inferioridad o envidia.

 

La cuestión se complicó todavía más cuando los profesores empezaron a digerir el concepto de éxito personal prácticamente a costa de lo que fuera. Los niños perciben fácilmente –aunque los adultos no se quieran dar cuenta- las actitudes de búsqueda de éxito personal en sus maestros y en sus padres. No parece nada malo sino incluso parece un buen ejemplo. Junto con el interés de ganar más, contar más, tener más, se aprenden los artilugios válidos y solapados. Entonces ya no hay alternativa porque lo que importa es colarse entre los afortunados sin preguntarse los medios y ateniéndose únicamente a los fines. El educador influye con sus actos, con sus dichos, además de sus lecciones planificadas detalladamente; de ahí que sea un error separar educación formal de educación informal, currículum manifiesto y currículum oculto. Plantearse un reclamo por el cambio educativo sin revisar los pendientes conceptuales, centrarse en la mejoría material de las escuelas vale, pero de poco sirve si no se reconceptualiza la función y la formación docente.

 

Entre todo es posible documentar el optimismo acerca de cómo se puede transformar la formación educativa desde la infancia. Un caso sirva de breve referencia sobre lo que es posible hacer. Se trata de los alumnos y maestros de la escuela Miravalle enclavada en la colonia del mismo nombre en la Ciudad de México. Niños de escuela primaria que apoyados por sus maestros freirianos aparecen con lonas y pancartas reclamando la presentación con vida de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, rechazando el NAIM o cualquier otro problema de índole social que a veces ni a los adultos de muchas latitudes provoca interés. La solidaridad aprendida en la vivencia de situaciones concretas, la pérdida del miedo a formarse una opinión, el encauce a la autonomía en lugar del adocenamiento típico. Se trata de una escuela de inspiración marista, particular, pero con sentido social. Aquí en lugar de provocar la envidia con una telera el tiempo se ocupa en la transformación de las conciencias.

 

Uno de tantos dilemas que acosan a la escuela pública mexicana es decidirse si continúa fortaleciendo el espíritu de competencia individualista o actúa para la formación del sujeto desenajenado y comprometido con la transformación y humanización del entorno, en comunión con los demás. Lo preferible es que ni teleras de envidia, ni zancadillas sino la construcción del acto educativo solidario. En qué punto se rompió el puente que hacía coincidir a los maestros y a los padres de familia; cómo fue que resultó más sencillo mirarnos con recelo y tratando de imponerse unos sobre otros, no se tiene suficiente claridad al respecto. Lo cierto es que será mejor hacer tortas para todos de modo que la codicia, la envidia o el afán destructivo no desnutran nuestro espíritu de fraternidad.

 

JOSÉ LUIS FIGUEROA GONZÁLEZ

7 NOVIEMBRE 2018.