LA ECUACIÓN PATRIARCAL

 

 

 

 

 

 

 

Una clave para el continuismo político

 

En México nos encontramos a unas horas de que inicie el bombardeo de promocionales de los partidos políticos correspondientes a lo que denominan precampaña, intercampaña y campaña de las elecciones 2018. Se trata de un largo periodo que comienza el 14 de diciembre de este año y termina hasta el 27 de junio del año siguiente; meses y meses en los que se debe tener el control remoto a la mano para cambiarle a la televisión, la radio  porque nos esperan casi 60 millones de promocionales en casi 500 mil horas de transmisión. Tiempo de difusión del Estado que no tendrá otro mejor uso que convencernos de que vivimos en una democracia plena donde podemos elegir de forma libre y sensata a los gobernantes. Pero desgraciadamente no es así, lo que se viene es una edición reeditada del sainete electoral de cada seis o tres años. Con instituciones pervertidas como el Instituto Nacional Electoral (INE) y los tribunales electorales que ya conocen la forma para que gane el que viene señalado por los patrones pese a las evidencias y reclamos de quien se trate, no podemos vanagloriarnos de contar con un mecanismo idóneo para la participación ciudadana en la elección de gobernantes. Hemos llegado al punto de que ya no importa quién sea el candidato  porque al fin y al cabo las cifras se pueden manipular y los sistemas “caer” si es necesario para evitar que pierda el elegido por los centros de poder real o fáctico. De esa manera, figuras merecedoras del repudio social como Margarita Zavala, Ricardo Anaya, José Antonio Meade y hasta Miguel Ángel Mancera, pueden campantemente pasar por encima del pudor y ser convertidos en candidatos presidenciales por obra gracia de las influencias y de los convenios  a trasmano. A todo esto, los que no frecuentamos los pasillos de la gracia del poder quedamos en una expectativa delicada y peligrosa: la de parecer o ser un pueblo resignado a que se repitan los ciclos de continuidad política con todos los agravios que nos hunden cada vez más en las desigualdades, en el despojo de los bienes materiales y en la desesperanza.

 

Dice el politólogo mexicano Alfredo Jalife-Rahme que las elecciones presidenciales del 2018 las va a ganar Andrés Manuel López Obrador pero que el INE lo hará ganar “algorítmicamente”; no se trata de una conclusión muy difícil de elaborar contando la ya larga lista de fraudes y operaciones rapaces en las que cuando parece que ya ganó el que a todas luces iba a ganar resultó que siempre no. Frustración, coraje, decepción y vuelta a la resignación para ver si a la otra es la buena. Prácticamente todo se ha mediatizado y las figuras políticas suben como la espuma cuando su imagen es trillada y cuando las encuestas por encargo hacen ganar al más oscuro personaje. Así tenemos a postureros como el llamado Ricardo Anaya que ni por descuido se le puede otorgar estatura moral o social para aspirar a la presidencia de la república puesto que sólo los paleros sacan la cara por alguien tan sin méritos. Por su lado, sacado de la chistera de un Partido Revolucionario Institucional rancio y con arterioesclerosis múltiple sin remedio, José Antonio Meade  Kuribreña se imagina ser la opción al desprestigio e impopularidad en que se metió Enrique Peña Nieto; a pesar de las huestes ritualistas al estilo de los mejores tiempos de la “cargada”, Meade no puede más que ofrecer lo mismo que su antecesor, es decir, violencia, saqueo, corrupción. Hombre del sistema y solamente acreditado ante el poder constituido en las altas esferas, no tiene gran cosa que decirle a los electores y mucho menos proyecto para resolver los graves problemas de una sociedad mexicana tan atribulada, tan confundida y tan harta de la misma clase política. Con Miguel Ángel Mancera que al irse de frente ha perdido la oportunidad de ser candidato presidencial, la cuestión no es distinta porque lo persigue la putrefacción del Partido de la Revolución Democrática. Su Frente de conveniencia ni salvará al sol azteca como tampoco reivindicará a los demás partidos. Malabares para distraer a los electores, juegos de lucecitas para hacerse los interesantes. La perseverancia y la aumentada consistencia  de AMLO queda como el elemento que puede hacer interesante la contienda electoral pero siempre con la compañía fiel del fantasma del fraude. El ánimo popular dice que “la tercera es la vencida”, que “¡A Los Pinos o a la chingada! Lo más seguro es que…, debemos estar preparados para cualquier escenario.

 

Una clave importante para intentar aclarar un poco el enredo de los procesos electorales es tomar en cuenta la ecuación patriarcal puesta al servicio del continuismo político. Dicha ecuación está basada en el control de las conciencias mediante la administración de las necesidades sociales y de la desigualdad. Así ha sucedido durante el tiempo en que ha gobernado patriarcalmente el PRI junto con algunos secuaces de otros partidos muy dados al colaboracionismo o bien haciendo piruetas con la fracasada transición del poder durante los dos sexenios del PAN. El ejercicio del poder por escalas donde siempre se subordina o somete al del escalón inferior, ha venido funcionando con la ayuda de la religión y otras viejas costumbres en las que se reconoce quién manda y quién obedece so pena de ser excluido o de plano borrado del espacio de oportunidades. En apariencia, el modelo patriarcal funciona muy bien porque mantiene el orden y la continuidad mediante la persuasión por las buenas maneras y por las otras; pero en realidad los poderosos siempre están con el pendiente de hasta cuándo les durará el gusto de saquear y mantener a la inmensa mayoría en la eterna espera de un mejor modo de vivir. En este entendido el ciudadano bueno es el que mantiene el comportamiento “cívico” de la mansedumbre o sea un ciudadano-niño que se deja llevar de la mano. Por eso los caciques no pueden ser totalmente y todo el tiempo malos, por su propio bien de vez en cuando lanzan monedas o alimentos para que el necesitado pueda respirar otro poco y servirle algo más de tiempo. Al grito de: “¡Silencio pollos pelones, ya les van a echar su maiz!”, la parvada se arremolina, agarra lo que más puede y se retira a seguir haciendo lo mismo. La fórmula o ecuación patriarcal no ha fallado hasta el momento porque al ciudadano-pollo-niño le resulta más fácil dejarse llevar que asumir sus asuntos aunque en ello le vaya la vida misma. Así en otros tiempos como en el presente, en calamidades varias o en los sismos del 2017, al uso político patriarcal no se le hace el feo siempre y cuando traiga algo material que entregarnos. La ecuación ya enraizó hasta lo profundo, el punto es como desenterrar esa dependencia que nos denigra y que nos esclaviza de tal manera.

 

Con esos antecedentes, nuevamente estamos a punto de arrancar con otra maratón electoral y con un show equiparable a los campeonatos de futbol en los que los animadores la hacen de emoción mientras tras bambalinas los partidos se arreglan y ocurre todo lo desaseado del mundo. A manera de las apuestas a los gallos, las encuestas  ponen sal de más al asunto creando una contienda cerrada e imaginaria que jala a los electores a poner sus fichas en un lado u otro del tablero. Para entonces la propaganda política mostrará toda su miseria moral y apelará a lo más absurdo del sentimentalismo y el desfogue de emociones. Todos los candidatos lucirán sus mejores sonrisas y las poses que los hagan ver rejuvenecidos, guapos, fuertes, convincentes; puro maquillaje y juegos de luces. En esas truculencias hasta Juan Pérez resulta “vendible” y apto para cualquier puesto de elección popular. El circo necesita todo tipo de payasos y por eso no importa si el margen de popularidad es corto, lo importante es participar en un juego donde ya se sabe quién va a ganar y que los espectadores están anticipados de que si se pudo se pudo y si no se pudo pues a ver si en la siguiente. Todo esto enmarcado en la magia de la informática que hace ganar al que pierde y perder al que gana. La mayoría da muestras de que conoce las características del show pero algo ocurre que se acepta esa triste y hasta repudiada realidad por no tener a la mano otra forma de entender ese proceso.

 

En la complejidad de lo social nada es solamente de un color sino de una gama que parece inabarcable. Los movimientos sociales de grupos organizados también tienen la palabra y sobre todo, si su posición es crítica o de resistencia, tienen la experiencia de años y años de luchas y de proyectos alternativos. Sin embargo, algo extraño sucede cuando se trata de señalar puntos de encuentro entre grupos y con los ciudadanos comunes. De tan críticos, algunos grupos se vuelven caníbales y con tal de pelear y ganar gozan destrozando a los pares o pretendiendo al menos meterlos en su carril. La autocrítica es un peligroso ejercicio dentro de ciertos grupos rígidos en sus métodos de aglutinar a los integrantes; es más, hay grupos de insubordinados que practican los métodos de los opresores  a quienes dicen combatir. Así contamos con el variopinto que va de grupos que rechazan frontalmente la participación en las elecciones porque consideran que el único método para cambiar la realidad es la toma del poder como hizo Lenin hace 100 años; otros promueven la anulación del voto con la esperanza de que se afecte la legalidad del proceso viciado, unos más dicen que participan pero conscientes de que no van a ganar y lo hacen desde el simbolismo y la oportunidad de hacer oír su voz. Los grupos de intelectuales hacen valen su sapiencia y sabihondez para asesorar a los políticos que los pueden compensar con algún distingo y pocos son los que verdaderamente y sin condición ofrecen su ciencia para el bien común.

 

Ante una ecuación resuelta e infalible parece que al ciudadano común poco le queda por hacer o decir. La experiencia le ha advertido que la regla válida de este lado es la de: “¿Quién da más?” Los que forman parte de las huestes del voto duro tienen resuelto su destino, todos a seguir a la oveja de la campana y a cruzar los dedos para que llegue el ungido que los hará felices. La filosofía popular enseña a estar con el ganador hasta que pierda, que todos los políticos son iguales de rateros pero siquiera que salpiquen. Entre tanto la conseja es la resignación porque todo está listo para cambiar de representantes a condición de que todo siga igual. Es necesario aprender a encontrarle el lado favorable a la existencia y mientras haya algo de comer y de beber pues por ahí la vamos aguantando. Entonces entra en juego otro elemento de la ecuación, la desigualdad económica, social y cultural en el marco de las perversidades que acompañan a los procesos electorales. La dádiva y la mano que se estira convencida de estar siendo beneficiada por obra y gracia de un personaje poderoso y magnánimo. La inconsciencia de no darse cuenta quiénes hacen posible la producción de la riqueza social, la convicción de que el poder se concentra siempre en los mismos por mandato superior de no se sabe quién y no se sabe dónde. Por eso, es indispensable mantener la precariedad, la ignorancia y la eterna insatisfacción material; todos sabemos lo que ocurriría en un país de necesidades satisfechas en lo general y de la claridad del pensamiento que ayude a saber dónde se encuentra uno parado. Si se acabara el hambre la ecuación no se sería exacta y el todo poderoso patriarca tendría que buscarse otro oficio. Si para algo han de servir las elecciones que sean para aparentar el cambio de lo que no debe cambiar.

 

La pregunta que se hace necesaria es saber si es posible revertir la ecuación patriarcal para anular los efectos de tanta ignominia. El antídoto no tan difícil de pensar como de aplicar. Si se logra poner de cabeza al sistema patriarcal en el pensamiento individual y colectivo entonces perdería su grado de solemnidad engañosa. Por ejemplo, cómo descubrir lo perverso y falso de los candidatos que van a emerger como verdolagas en tiempo de lluvias; tal vez podemos empezar por aplicar la psicología natural y estudiar las fotos de los promocionales para descubrir la codicia, la actuación, la exageración, el abuso del maquillaje y la zalamería. Mi sentido común me dice que a los manipuladores y codiciosos les brilla más la cara que a los demás, que el rostro sereno y la palabra pausada, así como las razones y los argumentos bien sustentados son probablemente signos de estar frente a una persona seria y de proyectos más genuinos y de buena intención. No es una regla porque caras vemos y corazones no sabemos, pero el trabajo es identificar a los perversos por su aspecto y por su trayectoria. En esta selección es conveniente  no pretender hallar al sujeto de perfección sino al más probable catalizador de las otras conciencias que reclaman un basta a los maleantes en el gobierno y la conjunción de esfuerzos para el bienestar común. En todo caso, conviene no darse por sorprendido y estar preparados para una nueva frustración y tener a la mano las opciones de resistencia social pacífica, tal vez prolongada.

 

En el fondo del proceso electoral 2018 lo que se juega no es el cambio de rostros en los tres niveles de gobierno; se trata de una feroz acometida del continuismos político en contra de cualquier manifestación de alternativa o de reducción de poder a los saqueadores de siempre. Como es lógico los beneficiados de toda la vida defenderán sus privilegios con todo lo que tengan a la mano. En esas situaciones no se escatima ningún menosprecio por la tranquilidad e incluso la vida de las personas. Ahora mismo ya se legisla para usar la fuerza otorgando más atribuciones al ejército en eso que se llama “seguridad interior”. El miedo nos puede paralizar, las desgracias pueden aumentar “legalmente”, el Estado se puede inclinar al fascismo sin ningún pudor. El mundo corre por las vías de la amenaza letal en todas direcciones. Por lo pronto conviene percatarse un poco al menos de cómo funciona la ecuación patriarcal y quitarnos de encima el autoritarismo que nos acompaña en la familia, en el trabajo, en las tareas sencillas como divertirse o incluso rezar. Si nos damos cuenta, es probable que podamos iniciar un diálogo con los conciudadanos y saber que estamos en situación similar y que nos conviene  hacer algo al respecto. Para contrarrestar la ecuación patriarcal empecemos a construir la fórmula de la dignidad humana que nos permitirá distinguir el poder que tenemos en las manos para resolver nuestras necesidades sin la mediación de los opresores de siempre. Comparemos el concepto de ser humano en distintas etapas de la historia nacional y universal para alimentar nuestro propio concepto. Seamos capaces de comprender qué es lo que sucedería si dejamos de hacer lo que les conviene a los que nos oprimen. A veces el problema se empieza a resolver –o al menos a aclarar- si dejamos de hacer aquello que se nos ha vuelto automático de hacer. La coyuntura electoral está a la vuelta de la esquina, depende de todos y de cada uno detenerse un poco para decidir lo mejor. Sistemas de patriarcado se terminarán cuando nos decidamos a dejar de alimentarlos con mansedumbres e inconsciencias.

 

JOSÉ LUIS FIGUEROA GONZÁLEZ

12 DE DICIEMBRE DE 2017.