BAJO EL DOMINIO DE PATHOS

 

 

 

 

 

De cómo la apelación a la emotividad sirve para persuadirnos  y controlarnos

 

En la antigua Grecia el amor a la sabiduría derivó en distintas escuelas y vertientes de conocimiento y enfoques para explicar la realidad circundante. Una de esas escuelas fue la sofística mediante la cual se pretendió relativizar todo tipo de saber para adaptarlo a los intereses de quienes pudieran pagar para demostrar verdades a conveniencia. Los sofistas fueron sabios a sueldo capaces de convertir las verdades en mentiras y las mentiras en verdades mediante el arte de la persuasión o retórica. En los Diálogos de Platón quedaron registrados los debates de Sócrates con los sofistas y en ellos se puede apreciar la lucha de este filósofo por liberar al razonamiento y a los debates del manoseo y tergiversación de argumentos. Esa preocupación la retomó Aristóteles y por eso escribió los tres libros de Ars Rethorica  o Retórica como se le conoce comúnmente. Más de dos mil años después la polémica no termina porque la relativización de las verdades o el manipuleo de los argumentos sigue siendo recurso común para persuadir y controlar a individuos y masas. La confrontación entre filósofos y sofistas, entre retórica y dialéctica continuará mientras se pueda sacar provecho de esa zona gris en la que los argumentos se diluyen, se confunden y se  usan no por amor a la sabiduría sino por amor al poder, al dinero, al dominio de unos sobre otros. Lo interesante a revisar es cómo ocurre esto, cómo podría ser de otra manera y qué papel jugamos emisores y receptores de verdades a medias o trastocadas.

 

En un planteamiento central de la Retórica de  Aristóteles, el estagirita propone revisar el contenido de los discursos para detectar las desviaciones típicas de un sofista embaucador y para tener presente lo preferible en la construcción de argumentos para convencer, demostrar y debatir frente a otros argumentos.  Aristóteles consideró que son tres los elementos constitutivos de un discurso y de ellos depende la fuerza del planteamiento y su poder de persuasión dependiendo por supuesto de las características del público al que van dirigidos. Colocándonos en el lugar de seres con  razón, cualquier discurso emitido o recibido debería desglosarse en tres argumentos: ethos, pathos y logos. El ethos se refiere al grado de confianza, credibilidad y simpatía que representa el emisor; el pathos es la apelación a las emociones del público para que reaccione favorablemente a lo que se le está exponiendo generando a conveniencia la ira, el miedo, la tranquilidad, el agradecimiento, el odio o la compasión. Es el recurso favorito de las campañas publicitarias y de las campañas políticas porque le evitan al receptor la fatiga de pensar y solamente lo remiten a la emotividad para creer, hacer, oponerse o apoyar lo que sugiera o dicte el emisor. El logos se refiere al conocimiento sustentado en juicios y conclusiones sometidas a procedimientos de razón; se entiende por qué es el elemento más escaso en la mayoría de los discursos de persuasión.

 

En el ideal aristotélico los discursos merecedores de nuestra atención serían los que presentan al menos un equilibrio entre los tres argumentos, aunque sería preferible el predominio del logos con el aderezo de los otros dos. Pero desde la antigüedad hasta hoy en día, la manipulación de las emociones se ha puesto al servicio de los propósitos del orador o expositor y de quienes estén detrás. El arte de convencer mediante falacias y emotividad es de un efecto de corta duración pues llegan a ser tan grotescos algunos procedimientos que las masas se percatan de que algo no está bien en tanta espectacularidad de los discursos o entre tanta buena promesa de los emisores; sin embargo, también la memoria es de corta duración, es decir, pronto la manipulación de las emociones vuelve a funcionar a favor de los manipuladores. El punto en esta disertación es plantearnos la necesidad y la posibilidad real de recuperar el ethos y el logos al exponer nuestro pensamiento en distintas situaciones y  también en la revisión de los discursos que nos llegan por distintos medios y con  propósitos de manipulación.

Una de las formas para develar intereses no manifiestos en los discursos es el debate de ideas. La dialéctica entre argumentos distintos o incluso antagónicos representa una vía para esclarecer el camino hacia las verdades -siempre provisionales- que puedan servir para tomar mejores opciones a lo que se nos quiere inculcar de forma predeterminada. Pero, a diferencia de los sabios antiguos que vieron en el debate un camino a la construcción de conocimiento o al darse cuenta de qué estamos diciendo y qué nos están diciendo, en sociedades con sistemas educativos atrapados en el subdesarrollo a conveniencia se nos ha pintado al debate  como sinónimo de problemas, pleitos innecesarios o pérdida de tiempo cuando lo que urge es actuar. Las tergiversaciones del debate son parte de las manipulaciones para convencernos de que es mejor no discutir, que lo más conveniente es actuar bajo las indicaciones de un “experto”, que los métodos probados son mejores que andar experimentando, que de cualquier forma siempre predominan los mismos, que es muy desgastante buscarle “mangas al chaleco” y que vivir tranquilos y sin controversias es lo más recomendable. Así es como, lo que debería ser el debate político para promover la participación democrática de la ciudadanía se convierte en un show para tratar de conmover mediante el dominio de pathos, en un baile de enanos en el  país de Liliput, en círculos viciosos al estilo del circo romano donde hay que alimentar las bajas pasiones de un pueblo que espera escándalo, que no demanda argumentos y ni siquiera propuestas, que perdona y olvida indefinidamente aunque le hagan mayores males. Los debates entre precandidatos y candidatos o sus representantes convertidos en el ring de los dimes y diretes o concurso de acusaciones, difamaciones o lo que sea con tal de imponerse. Estamos bajo el dominio de pathos y casi nadie hace nada.

Lo que en otras sociedades les ha costado tiempo y esfuerzo en establecer como ruta de mejoramiento social, en México y muchas regiones de empobrecimiento material e intelectual es el signo natural de vida: la ausencia del debate. Remitidos a la queja callejera, al rumor como recurso para desquitarse, a la diatriba para descalificar a todos y a todo, generalmente los ciudadanos no presentamos argumentos sino derivaciones de emociones encandiladas por comentaristas de televisión o por algún referente con ascendencia sobre los comunes. Esto provoca un enredo de sinrazones entreveradas con razones mezcladas en alto porcentaje con la ira, el miedo, la sumisión o la envidia. En ese clima de interacción la mayoría de las ocasiones nos confundimos unos a otros, nos indignamos con quien nada nos hace, rechazamos al que padece los mismos males que nosotros y defendemos al que de forma encubierta nos está manipulando. Somos producto de una educación que nos ha lanzado a la calle con el vacío de no saber entender ni practicar el debate para el bienestar social.

El debate en la escuela está contemplado como recurso pedagógico en la formación de la personalidad de niños y jóvenes, pero nos vamos moviendo por valores entendidos y a cualquier actividad de exposición aburrida le llamamos debate. Temerosos de molestar a alguien poderoso -o poderosito- le sacamos la vuelta al tratamiento de asuntos realmente importantes para los niños y los padres de familia tales como el compromiso de todos en el funcionamiento del centro escolar, las relaciones humanas en la escuela como base del aprovechamiento escolar, el papel de las autoridades educativas en la resolución de los problemas y necesidades escolares, el papel de los padres de familia en la formación de la personalidad de los niños, los hábitos que se reproducen en la escuela y que contradicen las enseñanzas que ahí mismo se imparten, la organización de la sociedad de alumnos como instancia paralela a la administración escolar, etcétera. Los temas importantes siguen esperando ser tratados mientras nos complacemos viviendo en el reino de pathos.

La apelación a las emociones es parte sustancial de la vida cotidiana empezando por la convivencia familiar. El amor en la familia suele confundirse con el control de los integrantes mediante la presión y hasta el chantaje emocional. Así, desde niños nos van acostumbrando y atando al condicionamiento emocional que se nos vuelve natural aunque lo lleguemos a reconocer como limitante de nuestro propio desarrollo. Los roles familiares son producto de la tradición o de las modas que se asumen sin cuestionamiento crítico so pena de ser señalado y marginado. A la escuela se llega con estas marcas y lo más común es que los profesores traten de seguir los mismos condicionamientos en aras de la disciplina y el control de grupo que se le exige. Ya en convivencia con los demás niños de otras familias, el estudiante refuerza ciertas ideas y detecta contradicciones; sin embargo, lo que podría ser un conflicto cognitivo aprovechable para el debate escolar y para favorecer la construcción de juicios propios pasa desapercibido y todo va quedando en un ámbito del que se piensa es mejor no intervenir. Ámbitos de lo personal porque a los docentes se les presiona para que enfaticen su labor en las asignaturas de rendimiento vinculado a una futura actividad laboral. La misma recreación es también territorio de pathos porque lo normal es coincidir con los otros en el vertedero emocional propio de los modos y contenidos dominantes, así como atenerse simplemente a no quedarse solo y abajo del carrusel de las emociones estimuladas desde afuera.

Para la formación de un pensamiento libre es necesario reaccionar al hecho de que una mayoría se deja o es obligada a dejarse llevar. La educación es la forma más efectiva de liberación siempre y cuando se cuente con un proyecto educativo que haga prioritario el pensamiento crítico como la capacidad de observación, análisis, deconstrucción y reconstrucción de las propias creencias, conocimientos, fundamentos y principios que guían el actuar cotidiano. Bajo el signo de logos sin olvidarse del ethos y el pathos, el pensamiento puede ir depurándose de falacias y de formatos de percepción al servicio de intereses enquistados. Un primer paso puede ser habilitarnos como detectores de falacias en los discursos persistentes y vinculados a resoluciones que nos afectan directa y significativamente. Los procedimientos erróneos de razonamiento confunden cuando no se revisan sus bases y se da por sentado que las cosas son como nos dicen que son. Para mejorar nuestras observaciones puede ser útil un libro disponible en pdf que se titula Cuarenta y dos falacias (2ª. edición 2013)firmado por Michel C. LaBossiere y que consiste en un compendio de los errores de argumentación que desde Aristóteles ya se mencionaban. En este libro encontraremos más de cuarenta formas de engaño a la hora de que alguien intenta persuadirnos, tales como “Ataques ad hominem” que consiste en desviar la atención de un debate atacando a la persona en lugar de las ideas del adversario; “Tu quoque” traducido como “tú también” que se utiliza para responder a un señalamiento diciendo “tú también lo haces o tú estás peor” sin argumentar sobre lo que se pregunta o cuestiona. Otras falacias provienen de la “Apelación a la autoridad” o sea el intento de sustentar un argumento en el dicho de alguien que se considera experto en la materia; la apelación puede ser válida siempre y cuando se trate en realidad de alguien especialista en la materia, pero aun así existe la posibilidad de réplica puesto que no existen las verdades absolutas ni tampoco todos los expertos están completamente de acuerdo. Otras formas de presentar falacias como verdades son la “Apelación a las creencias” cuando se pretende sustentar en que muchos lo creen así y así debe ser; la “Apelación a la práctica común” que consiste en pretender convencer mediante aquello de que “siempre lo hemos hecho de tal manera y nos ha funcionado” sin aclarar a quién le ha funcionado y por qué; y otra más es la “Apelación a las emociones” que se ampara en provocar miedo, indignación o agradecimiento como vía fácil para lograr el consenso. Por el estilo se siguen las falacias propuestas para detectar cómo se nos manipula o cómo  se nos tiene bajo control. Tiempos de candidaturas, tiempos de discusión sobre la validez o no del modelo educativo vigente, tiempos para buscarle la punta a la madeja sobre las causas de tantos males sociales, bien nos haría adquirir estas herramientas para empezar a desmantelar el circo de las pantomimas opresoras.

Para empujar hacia el discurso equilibrado en el cual logos recupere su lugar es importante detenerse a repensar la realidad con una mirada distinta al condicionamiento al que nos han querido acostumbrar desde la infancia. El ethos también debe reposicionarse a través de la credibilidad recuperada de los sujetos que demuestren vía palabras y hechos que realmente sus propósitos son la construcción y reconstrucción del bienestar de la comunidad. De esa manera nos quitaremos de encima a los embaucadores por más rating que tengan en los medios de información o por más guapos que se nos pongan enfrente. En la escuela tenemos que reconceptualizar el debate para darle su significado más exacto como método de construcción de conocimiento para el bien común y ya superar la simulación de llamar así a la repetición de notas e ideas ajenas para cumplir un compromiso y obtener una calificación.

La desestructuración de las falacias requiere empezar a dibujar algunas líneas de pensamiento y acción. La progresiva sustitución de pensamientos y actitudes nos permitirán pasar de la credulidad cuasireligiosa ante la vida, a un escepticismo informado que permite someter a prueba cuánta razón o sinrazón nos llegue o nos pretende influir. En colectivos se pueden organizar sesiones de trabajo para clarificar ideas, propósitos y proyectos en cualquier tema o necesidad grupal. Será interesante plantearse la pertinencia o no de caminar hacia una sociedad demandante, madura intelectualmente, no ingenua y en todos sentidos comprometida con el mejoramiento de su modo de vida. Cuando seamos ciudadanos difíciles de engañar y cuando preservemos esa característica de cuando fuimos niños, la de ser preguntones de todo y por todo, estaremos más cerca de librarnos de la tutela convenenciera de pathos.

A estas alturas de la vida y de los sucesos en este país y en el mundo, ya deberíamos preguntarnos qué tan bueno ha resultado dejarnos llevar y dejar que pase lo que sea con los que ni se imaginan que puede ser de otra forma. La evolución nos dotó de características superiores a las reacciones elementales, tenemos capacidad de discernir, de cuestionar, de rehacer lo mal hecho. No podemos prescindir de pathos ni es deseable, se trata de percatarnos de cómo se ha venido abusando de este aspecto de nuestra personalidad para llevarnos a rumbos que nos perjudican. Se trata de asumir el control de nuestras emociones lo mejor posible para darle su lugar al razonamiento fundamentado. Se trata de decidir finalmente si nos damos la oportunidad de superar al axolotito -cara de niño ingenuo- con el que nos describió a los mexicanos Roger Bartra. Esa es la cuestión: ser o no ser uno mismo para encontrar el futuro promisorio que se nos ha negado.

JOSÉ LUIS FIGUEROA GONZÁLEZ

13 DE FEBRERO DE 2018.